viernes 21 de diciembre de 2007

Mitomanía

Todos, absolutamente todos sin excepción posible, decimos mentiras.
Algunos no saben mentir y de inmediato es evidente que lo que afirman, no es verdadero. Otros sienten la necesidad de mentir para quedar bien. Algunos más no creen mentir. También hay quienes mienten con su actitud. Y por ultimo están los que saben mentir con tal habilidad parece que dicen la verdad.

Actualmente no solo es imposible dejar de mentir sino que tampoco es posible decir la verdad o por lo menos, no todo el tiempo ¿Qué es lo que no nos deja decir la verdad? la suceptibilidad ajena, el orgullo, el miedo, y la posible reputación tambaleante . La cultura oriental antigua, antes de occidentalizarse (parcialmente y a su modo) consideraba como algo muy bajo mentir y preferían quedarse callados o decir la verdad y atenerse a las consecuencias... hasta que a mediados del siglo pasado, empezaron a hacer negocios con el extranjero y se encontraron con la necesidad ineludible de mentir, cosa que ignoraban hacer... hasta que salieron libros al respecto (este fué uno de los momentos en los que Yukio Mishima puso el grito en el cielo). Nosotros nunca hemos sido así. La sociedad señala y censura a los que dicen la verdad de frente y en la mayor parte de las ocasiones decir la verdad es incivil y ejemplos hay muchos:

¿Han visto "Dr. House"? (si no, no sé en que pierden el tiempo) Su principal virtud es que dice la verdad valiendo madre(que ahora también lee este espacio...) lo que pase (aunque no por eso deja de decir mentiras). Esto no debería ser extraño en una sociedad en su mayoría católica que tiene prohibido mentir.

En alguna ocasión mi tía se puso un vestido y le preguntó a mi tío que tal le quedaba. Mi tío le dijo que parecía berenjena disecada. Eso fue hace 20 años ¿Cómo me enteré de este insignificante evento? Cada vez que mi tía se pone un vestido nuevo, le pregunta a mi tío si no parece berenjena disecada y termina enojándose con él.

Si nos hacen una invitación indeseable, lo ultimo que uno dice es "no quiero ir" o "no tengo ganas" ¿verdad?.

Cómo Mentir

Cuando se miente, hay dos tipos de intenciones: ocultar algo o aparentar algo. Lo mejor para el primer caso es tener "mentiras prefijadas", es decir, pensar en algo que encubra nuestra acción o inacción antes de que esto suceda; comprobar que es congruente, que no tiene lagunas y que es completamente posible; y familiarizarse con la historia de tal modo que podamos exponerla con total seguridad y hasta con detalles que prueben, de cierta forma, lo que estamos diciendo. La seguridad es lo mas importante: Los titubeos generan dudas (ah y no volteen hacia arriba, nunca). Si lo que uno quiere es aparentar algo, ya es mas difícil. Si uno está tratando con ignorantes del tema, casi nunca se presenta ninguna dificultad aunque uno no diga más que barbaridades. Para alguno casos no solo es necesario conocer mucho del tema del que se habla, sino también lucir tal y como lo haría alguien que "es". Y por experiencia propia, les digo que esto rara vez dura por mucho tiempo.

Muy constantemente se dice que al único que se engaña al decir mentiras, es a uno mismo. Eso, aunque parezca irónico, es mentira. Engañarse a si mismo no es fácil, para lograrlo es necesario negar la realidad y eso no se logra a menos que se tenga muy mala memoria o una locura intolerable o una percepción de la realidad distorsionada por la necedad o la ignorancia. Al mentir sabemos perfectamente que lo que decimos, no es verdad.

lunes 10 de diciembre de 2007

Articulo Invitado

ARGONÁUTICA : El elevador (publicado en el "Reforma" el 17 Sep. 07)
de Jordi Soler

Hace unos días viajaba yo despreocupado adentro de un elevador. Viajaba de arriba abajo, del piso 18 al vestíbulo, silbando una melodía del joven compositor salamantino Berrendo Talismán. La verdad es que Berrendo tiene 62 años, no es joven, en rigor. Sin embargo, como bien sabrán todos ustedes, porque últimamente ha salido en todos los diarios, Salamante es un pueblo español donde la media de edad son los 81; es uno de estos pueblos donde el alcalde invita jóvenes para que se queden a vivir ahí, y se reproduzcan y contribuyan a evitar la extinción de esa microsociedad; a cambio de este noble y fecundo servicio, el ayuntamiento le pone casa al joven y a su chica y les da un trabajo bien remunerado.

El caso es que iba yo viajando en el elevador, silbando la pegajosa melodía del cantante salamantino y pensando en la relatividad de su juventud, cuando mi viaje se detuvo en el piso 14. Se abrió la puerta y entró un señor de mediana edad, comprobó en el tablero que íbamos al vestíbulo y se puso a mirar la tira decreciente de números que indicaba los pisos que íbamos dejando atrás, a una velocidad por cierto notable.

El elevador volvió a detenerse en el sexto piso, la puerta se abrió y no había nadie, o eso creí yo, porque en cuanto se cerró, el hombre que venía mirando la tira de números dijo "buenos días". En cuanto oí ese saludo a destiempo, aun cuando me sentí desconcertado, me apresuré a contestarle "buenos días" y él protestó alegando, con una violencia innecesaria, que no me lo había dicho a mí sino al otro, y dicho esto, hizo un ademán hacia el rincón del elevador donde, según él, acababa de colocarse la persona que se había subido en el sexto piso. Pero yo, por más que ponía de mi parte, no veía adentro del elevador más que al señor que había subido en el catorce y a mí mismo.

La verdad es que en ese momento tendría que haber dicho, "pero si aquí no estamos más que usted y yo, deje de tomarme el pelo", pero algo me retuvo, quizá la remotísima posibilidad de que, efectivamente, hubiera subido alguien que yo no podía ver y él sí. Hice el resto del viaje presa del nerviosismo y por hacer algo regresé a silbar la pegajosa canción de Berrendo Talismán y, simultáneamente, a elucubrar sobre la posibilidad de apuntarme a la invitación del alcalde de Salamante y vivir una temporada dedicado a los placeres de la provincia y la reproducción. Pensaba yo eso para paliar mi nerviosismo porque ya empezaba a sentirme observado por el hombre invisible que había subido en el sexto piso. Todo esto que cuento, mis silbidos y mis pensamientos, transcurría en unos cuantos instantes, dos o tres, del piso seis al segundo, hasta que el hombre que había subido en el catorce dijo: "Es la del joven cantante salamantino ¿no?", refiriéndose a mi melodía silbada. Le dije que sí y agregué, por cortesía y por nerviosismo, "¿la conoce?"; una pregunta estúpida, pues acababa de reconocerla, pero, como ustedes bien sabrán, el nerviosismo atonta. El hombre del catorce agregó: "Berrendo Talismán", y yo ya no agregué nada porque la puerta se abrió en el vestíbulo y comencé a sentir que el hombre invisible me miraba con demasiada insistencia, tanta que salí rápidamente del elevador y corrí hasta el lugar donde había estacionado mi coche.

Mientras manejaba hasta el supermercado sentí todo el tiempo que el hombre invisible iba sentado en el asiento de junto y en lo que hacía la compra de la semana no deje de sentir su presencia y, en un par de ocasiones, su respiración en la nuca. De regreso a casa, cargado de paquetes y todavía más nervioso por la forma en que sentía que el hombre invisible me acosaba, me subí al elevador y oprimí el botón del piso 18, pensando de qué forma iba a lidiar con ese intruso, pero el elevador se detuvo en el sexto piso, la puerta se abrió y no había nadie fuera y cuando volvió a cerrarse sentí, con una claridad pasmosa, que me había quedado solo.

domingo 9 de diciembre de 2007

Club Scrooge Anti-Navidad


Creo que solo en mis primeros años disfruté realmente de la navidad. Poner el árbol y adornar la casa eran tareas gustosísimas. Me acuerdo que todo el año me la pasaba esperando la navidad por que no había escuela, por que comíamos con la vajilla "fina" y comíamos mejor que nunca, por que había personas que nos hacían regalos desinteresadamente (!!!), por que el mercado se ponía "bonito", por que hacíamos posadas (Esto de las posadas fue algo nefasto en mi haber: en una le quemé el cabello con una vela a una vecina que aun ahora no conoce lo que significa el perdón y en otra se me ocurrió cantar ante la estupefacción general, una versión alterna que escuché en un programa de radio que iba más o menos así: "EE-een nombreee del pue-e-e-blo os traigo unaaaa menta-a-a-ada, gringos aaabaaarie-e-e-entos hasta su posa-a-a-ada..." y acababa asi: "dale dale dale, no pierdas el tino que es la única forma de abrir el camino..." Lo peor es que parecía compuesta por alguien del PRD). Y por que a mis primos y a mi nos dejaban hacer lo que quisieramos sin enojarse ni decirnos nada (una vez hicimos una fogata en el garaje usando periódico y demás combustibles, como la bolsa de mi tía y una chamarra de los picapiedra). Lo único que siempre he odiado son las mugres canciones navideñas que están hechas para y por subnormales oligofrenicos o enfermos mentales incurables.

No voy a negar que me la pasaba bien en aquellos dias pero también ¡veía el teletón! ¡era católico!... en aquellos días era exponencialmente mas idiota que ahora.

Ya no me gusta la navidad.. y no soy el único. Lo importante de la navidad es la convivencia. Si no hay regalos, si no hay comida, si no hay árbol lo que nos queda es la convivencia con aquellos que aprecias realmente, pero nadie entiende eso. Todo es comprar cosas inservibles y comida cara para regalar y sentarse en la misma mesa con gente que en ninguna época del año podríamos soportar ni 10 segundos, y encima darles un abrazo; oír esa música aborrecible, comer la ensalada tradicional indigesta que venden en los supermercados y que uno consigue ya hechada a perder después de una batalla con la señora esa jija de su PM que me la queria agandayar con todo y que yo ya la habia visto desde antes y mira, otra señora jija de su PM me jaloneo esta blusa y ve como quedó...
Y luego las misas esas que hacen con motivo del nacimiento de "Jesucristo" (que NO sucedió el 24 de diciembre) el nacimiento con casitas de coca-cola o con muñequitos de Gi-joe, los enloquecidos que se le pasan gritando los evangelios en todas partes, ese gordo gringo diabético antipático e inmortal de santa clós y los anuncios llenos de gorritos rojos y de escarcha... ya los alucino.

Como la situación es inaguantable, me decidí a formar este boicot mundial tomando como líder histórico a Ebenezer Scrooge (y no al rajón del grinch) con el fin de hacer mas llevadera esta época de desasosiego. Querido lector: Ya no soporte mas a su familia política!! Basta de cenas incomodas y aburridas!! adiós a las transmisiones de television y radio estúpidas!! No mas regalos inservibles ni comida indigesta!! No mas campañas publicitarias interminables con escarcha y gorritos rojos!! Nunca mas permitamos que ese gordo gringo diabético antipático e inmortal se introduzca por nuestra chimenea!! (no se admiten casados...ni modo).

lunes 3 de diciembre de 2007

Anuncio sin importancia

Entre el cine erótico y el cine pornográfico, hay una diferencia muy evidente. En las películas del cine erótico, el periodo en donde los personajes se van deseando mutuamente, es largo; tiene que pasar mucho para que el deseo sea ya inaguantable y cuando se unen, la intensidad del momento es lo que realmente importa. En las películas pornográficas, esto no existe. Según me cuentan, nomas se tienen enfrente el susodicho(s) y la susodicha(s) y se arma un salpicadero de fluidos y exclamaciones tremendo. Aquí no hay ningún tipo de deseo.
Siendo así, hablando metaforicamente, se puede decir que los millonarios son pornógrafos y los pobres son eróticos (algunos nunca pasan de la fase primaria, en esa donde nada mas se desean). Si al millonario pornógrafo se le antoja tener una isla artificial, nomas aprieta el botón que lo comunica directamente con su secretaria y le dice que quiere una isla artificial y puede considerarlo como cosa hecha para antes de las 5. Y si quiere a su secretaria (demostrando su calidad de pornógrafo) aprieta el mismo botón de antes y dice algo como "Cancele todos mis compromisos de los siguientes 20 minutos y venga a mi oficina que es urgente". Si el millonario pornógrafo tiene un Wii y se quiere comprar Super Mario Galaxy no tiene más que hacer que apretar nuevamente su botón. Yo, en cambio, si quiero comprar el mismo juego, tengo que vender mi gamecube publicando varios artículos en distintos lados y acosando conocidos para que me lo compren.

Pero bueno, este fin de semana, después de un agónico periodo de espera, por fin pude vender el triste aparato y comprar mi juego que resulto ser, tal y como lo estuve esperando, una maravilla. Hasta otra.